
Había pensado en titular esta entrada "Un socialista ejemplar", pero creo que el hombre al que me refiero, Alfonso Guerra, es admirable globalmente como persona, pues siempre ha sabido mantener una coherencia entre sus actos y su ideología, basada en unos posicionamientos éticos y humanistas con los que me siento plenamente identificado y en una honestidad poco frecuente.
En estos momentos he comenzado la lectura del segundo (y último) tomo de sus memorias, Dejando atrás los vientos, dedicado al período en el que fue Vicepresiedente del Gobierno entre 1982 y 1991, tras haber terminado justo ayer el primero (Cuando el tiempo nos alcanza, que va de 1940 a 1982), lo que me ha permitido acercarme en profundidad a su forma de ver el mundo, la política, la vida... Fruto de ello se ha incrementado con mucho mi admiración por Guerra, al que sin duda confirmo como un referente personal ineludible.
Guerra, desde un profundo humanismo, aboga por un socialismo que impregne la política de una preocupación real por todos los seres humanos, intentando asegurar que su vida sea digna y que no sufra menoscabo alguno su libertad. Aunque no duda que la labor del gobernante es servir a sus ciudadanos, Guerra señala un objetivo que él hizo propio además del anterior: el intentar cambiar las cosas para alcanzar una sociedad más justa, un mundo más equilibrado. En la Introducción de Dejando atrás los vientos dice: "El mundo es muy injusto, lo era cuando llegamos los que estamos aquí y lo seguirá siendo cuando nos vayamos; pero es un acto de decencia, de dignidad, no aceptar la humillante, la cruel desigualdad que castiga a muchas personas" (p. 20).
Ese humanismo socialista de Guerra se manifiesta, además de en su compromiso social, con los más desfavorecidos, en su espíritu universal, su "concepción del ser humano universal, imposible de aceptar un encorsetamiento regional o provinciano" (p. 244 t. 1).
Alfonso Guerra es un luchador por la libertad y dignidad humanas, siempre fiel a sus principios y, al mismo tiempo, con una capacidad de autocrítica y reflexión que le llevan afirmar que ni el fin justifica los medios, ni los medios el fin. Desde su época de activista político clandestino durante la dictadura franquista, hizo gala de una gran conciencia de la responsabilidad, la lealtad personal, el compromiso con los demás y la honestidad. Siempre fue de cara, sin dobleces ni artimañas, sin esconderse y sin renunciar a la verdad.
Además, es innegable que su aportación ha sido fundamental para el afianzamiento de la democracia y las libertades civiles inherentes a ella en este país, tanto cuando estaba en la oposición (desde la cual fue uno de los grandes artífices, junto con Abril Martorell, con el que trabó una profunda amistad, del consenso constitucional) como desde su cargo de Vicepresidente del Gobierno, del que fue pieza imprescindible y, como se ha comprobado desde su salida del gobierno, irremplazable, dada su gran formación, su capacidad de trabajo, su valía intelectual y humana...
Por todo esto considero a Alfonso Guerra una persona ejemplar, un referente tanto ideológico como vital. Creo en su forma de ver la política y la vida en general: con un idealismo no desapegado de la realidad, con compromiso, solidaridad, diálogo, honestidad y transparencia y también con autocrítica y amor por la verdad y el bienestar común de todos los seres humanos, desde unos presupuestos éticos humanistas.
Animo vivamente a la lectura de sus memorias, muy cercana, honestas y sentidas; como es él mismo.